Resignación en San Agustín


- Publicado en ABC el 21 de abril de 2020

El confinamiento lleva la quietud al casco histórico y la vida en San Agustín ocurre de ventanas hacia dentro


Una bandada de palomas gobierna un buen trecho de la plaza de San Agustín. El sonido de sus gaznates en movimiento lo cubre todo. No tienen miedo. Los pasos de algunos vecinos en dirección a los contenedores de basura no son motivo suficiente para emprender el vuelo. Los veladores del mesón, entre los que antes corrían los niños no están, así que no hay por qué compartir empedrado ni arriates. La mañana transcurre con tranquilidad hasta que las campanas de la iglesia empiezan a moverse, y eso les hace huir. Ellas no contaban con esas fuertes vibraciones. Al no ver ningún feligrés durante semanas, se han imaginado el fin de las liturgias.

El cura de la parroquia responde malhumorado al porterillo, él no está para nadie. La misa se celebra hoy en privado. Casi todo lo que merezca contarse, las historias que despiertan el interés de lo humano, ocurre entre paredes. Si acaso, en un momento afortunado, se puede coincidir con alguien que lleve consigo la calidez de la intimidad a la calle.

Carmen Trillo ha salido de casa muy protegida, con guantes y una máscara trasparente alrededor del rostro. Ella es la hija que cuida a una madre mayor e impedida, por lo que toda precaución es insuficiente. Pero los arriates de la plaza lucen un rojo intenso, así que no ha podido resistir la tentación de hacerse un selfie con ellos. «A mi madre le gustará ver las flores», explica, sonriente, a este diario. La charla ha despertado la curiosidad de otro vecino, Fernando Rodríguez, quien asoma la cabeza por fuera del portal de una casa de vecinos. Sin poner un pie fuera, con un trapo en una mano y desinfectante en la otra, frota esmerado los pomos de las puertas, la superficie de los azulejos. Él dice que se trata de un acto puro de altruismo hacia los vecinos, pero ni aun así disimula lo que se intuye de lejos, que esa es su forma particular de matar las horas. «No salgo, no salgo para nada», explica Fernando, «y más si tenemos en cuenta mis 84 años, aunque no los aparente», añade orgulloso, y concluye «esto es un desastre, un desastre».

La metáfora más evidente del encierro obligatorio la carga el rostro casi invisible de otro vecino tras unos barrotes y celosías. A sus pies, una gata anaranjada se restriega por las macetas a placer. «Se pone muy nerviosa con las palomas y le salta el instinto felino», aclara la voz de su dueño a través de la celosía. Él parece adaptarse a la situación peor que su amiga. «A ella vienen a visitarla unos gatos callejeros todas las noches. Yo lo que he hecho ha sido comprarme una bici de spinning para no perder la forma», cuenta, antes de darse ánimos a sí mismo. «Al menos me entretengo mirando a través de la ventana, ya conozco de vista a todos los vecinos que van a tirar la basura».

Porque en los alrededores de San Agustín no todos tienen la suerte de contar con un saliente al exterior. Quienes viven en las callejuelas más estrechas, sustituyen la ausencia de balcones por la tranquilidad de un patio interior, y desde ahí se esfuerzan por atrapar todas las vitaminas solares que les es posible.

Cuatro patas, ocho patas, doce patas, rabos y lenguas y ladridos. Después de las palomas, los perros son los protagonistas de las calles. Al menos ellos se lo pasan bien, van de un lado a otro, para rastrear con ímpetu y ejercer dominio sobre sus dueños, al contrario de lo que normalmente sucede. El cocker spaniel negro y blanco de Miguel Ruz inspecciona el terreno y gruñe, mientras su amo da su punto de vista. «Hago lo que puedo. Trato de atender a las clientas a domicilio. Pero a las personas mayores no, porque tienen miedo. Se han cerrado en banda.», explica Ruiz. El popular peluquero cuenta que de no ser por el virus estaría en mitad de su temporada alta de trabajo, agobiado entre tocados y peinados para bodas, bautizos y comuniones. Por el contrario, lleva sin facturar ni un euro desde marzo. Según dice, «así no se puede vivir».

No hay vida en las calles. Desde lo alto, como si fuera el clamor de un ente omnipotente, se escucha, «estamos desinfectando la ciudad, quédate en casa». Luego aparece un camión de Sadeco y unas mangueras sujetas por operarios expulsan un líquido de olor fuerte, algo desagradable. Los matices antisépticos se mezclan con los aromas de la comida al fuego, mientras una música suena al fondo y unas manos aplauden entre barrotes. «Aplaude a los de Sadeco, hija, que vienen a salvarnos», se oye también. Entonces, tras el paso del camión, un matrimonio empieza a barrer el exterior de su casa. «Mucho desinfectar pero poco barrer», se queja la mujer. Y el suelo no para de llenarse de pétalos de geranios.

- Fotografías de Valerio Merino